en las ondulaciones del cuerpo musculoso
abundan, divinales hermanas, Gracia y Fuerza.
Esta mujer, fragmento en verdad milagroso,
de robustez divina y adorable finura,
es digna de reinar en suntuosos lechos,
encanto de los ocios de un pontífice o príncipe.

También ve esta sonrisa fina y voluptuosa
donde la Fatuidad sus éxtasis pasea;
esta mirada lánguida, hipócrita y burlona;
este afectado rostro enmarcado de gasa,
del que todos los rasgos con aire triunfal dicen;
«¡Me corona el Amor y el deleite me llama!»
¡A este ser al que tanta majestad se prodiga
ve qué encanto excitante la gentileza otorga!
A él vayamos y en torno de su beldad giremos.
¡Oh blasfemia del Arte! iOh sorpresa fatal!
La mujer de divino cuerpo que nos promete
la dicha, se culmina en un monstruo bicéfalo.
Más no, es sólo una máscara, un decorado falso,
este rostro que alumbra una mueca exquisita,
y mira, ahí puedes ver, atrozmente crispada,
la verdadera cara, la cabeza sincera
trastocada al abrigo de la cara que miente.
¡Ah, pobre gran belleza! El magnífico río
de tus llantos afluye a mi pecho doliente;
tu mentira me embriaga y mi espíritu abreva
del venero que arranca el Dolor de tus ojos.
Mas ¿por qué está llorando? Ella, beldad perfecta
que pondría a sus pies todo el género humano,
¿qué raro mal corroe su costado de atleta?
¡Ella llora, insensato, llora porque ha vivido!
¡Y llora porque vive! Pero lo que le duele
más, y hasta las rodillas estremecerse le hace,
es que mañana ¡ay!, ¡aún habrá de vivir!
¡Y pasado, y al otro, y siempre...! ¡Cual nosotros!
Charles Baudelaire, "Las flores del mal"
He elegido una extraña manera de desahogarme, pero este poema, increiblemente, explicaría mejor cómo me siento que explicándolo yo misma con mis palabras. Si, me pongo meláncolica, pues me resulta curioso como dependiendo del círculo social en el que estemos, somos de una manera o de otra. Cómo vamos cambiando de máscara antes los ojos de los demás...
